Meditaciones de Fe – Manejo de la Angustia (Parte 3) – La Mesa de la Angustia

Esta reflexión es acerca de mi visita al oncólogo para discutir los resultados del  “PET/CT scan”. Era principios de marzo 2015 y esa semana nevó otra vez.

La Mesa de la Angustia


– “El estudio reveló unas lesiones en su hígado”, dijo la oncólogo.

– “¿Qué significa eso? ¿Tengo un tumor? ¿También tengo cáncer en el hígado?”, pregunté rápidamente.
– “Significa que hay que biopsiar”, respondió.

Miré a mi esposo Fernan, me toqué el vientre…¡¡¡una aguja en mi hígado!!!

-“¿Qué pasa si está en mi hígado?”, pregunté.
-“Buscamos un plan para tratarla, no curarla, tratarla”, enfatizó.
-“¿Por cuánto tiempo?”
-“Indefinidamente”, me dijo
-“¿Por siempre?”, pensé en voz alta
-“Es mejor decir que mientras funcione”, me miró a los ojos.

 Respiré profundo, no me gusta la palabra “indefinidamente”.
 
“Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, Para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron.” (Salmo 27:2)
Muchas veces en medio de situaciones límites nos sentimos así, como el plato principal de una cena. Y allí están sentados y hambrientos:

  • Malignos – lo que hace mal, lo que hiere o rompe en pedazos
  • Angustiadores – lo que oprime
  • Enemigo – cualquier adversario personal (físico, espiritual o emocional)
Pero la gran esperanza que tenemos es que el Señor es luz y salvación. El Señor es la fortaleza de nuestra vida. Cuando la angustia quiere incluirnos en el menú como plato principal, se le arruinan los planes. No porque seamos fuertes, no porque seamos valientes, no porque seamos autosuficientes. Sino porque somos de los que podemos decir: “El Señor es mi luz”, una luz que no se apaga. Somos los que gritamos: “La salvación es del Señor”. Una salvación que compraron a precio de sangre en el Calvario y que la enfermedad no puede dañar. Y en vez de plato principal en la mesa de la angustia, nos convertimos en invitados de la mesa del Buen Pastor.

“Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores;
Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida…” (Salmo 23:5-6)

Estamos sentados en la mesa del Señor porque el sacrificio de Cristo nos ganó un lugar. Eramos enemigos. No eramos dignos de un lugar en la mesa. Pero por la Cruz de Cristo ahora somos bienvenidos. Y en la mesa del Señor la angustia se queda con hambre y nosotros somos saciados. No hay distracciones, no hay temor. Hay plenitud en la presencia del Señor que nos invita. En esa mesa la palabra “indefinidamente” pierde su poder y autoridad. Porque lo que en verdad ocurre indefinidamente no es un tratamiento, no es la enfermedad, no es la angustia, no es el dolor, no es la pérdida. Es que el bien y la misericordia nos seguirán todos los días de nuestra vida. Esa es la promesa del Señor. Una bondad constante. Una misericordia que es nueva cada mañana.


No sé qué situación te quiere llevar como “plato principal” a la mesa de la angustia en el día de hoy. Sólo sé que ahora mismo hay un manjar servido y un lugar para ti en la mesa del Buen Pastor.

Becky
Todos los derechos reservados.  Becky Parrilla April/2015

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